EL VIENTRE DE LA ESFINGE

Esta noche he comenzado a hablar con los muertos. Esta noche les he visto, a todos ellos, sonreír. Les he escuchado hablarme. Estaban todos, todos los que yo conozco -claro está-. ¡Tan naturales, tan solícitos.... justo cómo eran cuando yo los trataba!. He ido al fútbol con mi padre; al cine, con Marga y he salido por ahí, de marcha, con Angel.

Yo me sentía culpable, en cierta medida, por haberlos ignorado tanto tiempo, por haberlos postergado siempre tras los vivos. Pero ellos no se quejaban ¡qué va! lejos de hacerlo me agradecían infinito que esa tarde -unos- o esa noche -otros- me hubiera acordado de ellos. "Me dabais miedo" traté de justificar, un poco a lo bruto, mi desapego. "O, más bien, me daba miedo el hecho de saber que voy a acabar como vosotros", intenté de inmediato no parecer tan crudo. Mi padre frunció el ceño con socarronería y a mis abuelas, al mirarme, los ojos se les llenaron de lágrimas. "¿Todavía no te has casado?" me preguntó la que de las dos tuvo ocasión de convivir más tiempo conmigo. "Ya sí, abuela" le respondí. "Te has tomado tu tiempo ¿eh, granuja?" apostilló ella.

Lucía un sol espléndido en las calles, al principio. Los rayos se filtraban por los visillos de la cocina de la casa que habité de niño para terminar esparciéndose a franjas por el suelo. ¡La de veces que habré estado tirado sobre esas baldosas, bajo la ventana de madera, haciendo de guardameta!. Me encantaba jugar a lanzar una pequeña pelota de goma contra los baldosines de la pared de enfrente y afanarme, después, en interceptarla cuando tras el rebote retornase a ese otro lado de la cocina en el que yo me figuraba ser Miguel Angel, Iribar o, nada menos, que Dino Zoff. Luego, la luz fue difuminándose por momentos y comenzó a llover.

Y la lluvia era finísima, fresca y excitante, camino de la feria, con mi tío Juan, y mis primos, camino de la feria -digo- que ponían al final del bulevar, allá donde comenzaban las tierras labradas y los galgos buscaban entre los terrones sueltos del secarral la equívoca silueta de las liebres. ¡Qué contentos estábamos todos!.

Mi padre me esperaba sentado en el sofá del salón de la otra casa, la que pasamos a ocupar cuando nos mudamos al centro. El no solía sentarse allí porque era mi salón. Ellos -él y mi madre- habían dejado que me perteneciese y era ahí -entre sus paredes forradas de pana de color verde, sus copas de cristal y sus numerosas figuras de adorno que ella cuidaba con esmero- donde yo estudié la carrera, donde también empecé a buscar las canciones más bonitas del mundo, donde con mis mejores amigos me cogía unas cogorzas del quince: oyendo a Joe Jackson, a Marshall Crenshaw, a los Cars, a Blondie... y exclamando con esa voz fanfarrona, gruesa, de universitarios mantenidos, una sarta interminable de chorradas que a nosotros nos parecían graciosísimas, la quinta esencia del talento. Eramos unos bobos, pero nos lo pasábamos bien. ¡Qué ruido hacíamos!.

Pero, esta vez, él sí estaba allí. Sentado en un extremo del sofá, aparentemente tranquilo, esperando mi regreso de la feria un tropel de años después del día de mi partida. Mirándome de arriba a abajo. Mis primeras palabras fueron de agradecimiento porque casi nunca se hubiera quejado del ruido que yo y mis amigos montábamos en el pasado en aquel salón. "Pero, sin embargo, tú pensabas que era un intolerante insufrible" me replicaron sus pensamientos, porque él permanecía en silencio, sentado, mirándome. "Lo sé, lo sé..." -le contesté yo en voz alta- "...ya se sabe que los jóvenes no suelen ser demasiado justos con sus mayores". El olía a Marlboro y Lavanda Atkinson. "Entonces... no era tan absurdo ni tan déspota cómo tú pretendías" volvió a dirigirse a mi por medio de sus pensamientos. "Te enfadabas mucho conmigo.." traté yo de justificarme. "Sí, me enfadaba mucho, pero porque las más de las veces que discutíamos la razón estaba de mi parte". Me quedé casi absorto -mirándolo con ternura- mientras escuchaba, de fondo, el repicar de la lluvia contra las ventanas. El se levantó y nos fundimos los dos en un abrazo muy, muy, fuerte. Sentido. Inolvidable. "Venga, cógete el impermeable, que nos vamos a ver al Madrid", me animó. "Eso está hecho", le agradecí. "¡A ver por dónde nos sale hoy Butragueño!". "¡... Butragueño! ¿cuánto hace que no vas al fútbol, papá?". "Seguro que menos tiempo del que tú piensas. Ahora que ya están por aquí Puskas, Kubala, Zarra, Marsal... suelo dejarme caer con cierta frecuencia por el estadio, pero supongo que tú preferirás ir a ver al buitre ¿no?". "Y.. todos esos otros.. ¿te siguen pareciendo tan buenos cómo decías?". "Mejores. Ahora, incluso, también son capaces de volar".

Al acabar el partido me despedí -con un "hasta pronto"- de mi padre y me largué, en busca del sol, a la costa, a pasar un buen rato junto a otro ángel. Un Angel caído con los cabellos rizados y un doliente corazón rubio de niño manco. Estuvimos toda la noche de juerga, de discoteca en discoteca, de bar en bar, coqueteando con las escandinavas. Me extrañó que hasta entonces no hubiese encendido ni un solo peta y en cierto momento le pregunté si es que, acaso, ya no fumaba. "A veces" respondió él. "Algunos fines de semana. Los que me paso a veros. Me siento en un banco, frente a la playa de Gros, y me lío uno flojito, de maría, mientras veo a mis sobrinos fundirse en la distancia -encaramados a sus tablas de wind surf- con las aguas y el viento".

Sonriendo, elevé mi vista hacia los cielos y distinguí el tenue parpadeo de una estrella. Hoy no me cabe la menor duda de que ella -humilde y magnánima- había decidido dedicarme, por unos instantes, su mirada.

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PARA LEER: El Libro de los Requiems (MAURICIO WIESENTHAL)

PARA ESCUCHAR: Field Day (MARSHALL CRENSHAW)